El hobre que èrdi su sbra
berlinés con quien Chamisso había bromeado en la calle, acabó gritándole: «¡Espera, Peter
Schlemihl!», y no es presumible que esta popularidad de su máscara haya disgustado al
poeta. Los creadores literarios que se dan a sí mismos, quieren en el fondo que se les
reconozca; porque para ellos no se trata de la gloria de su obra, sino mucho más de la gloria
de su vida y de su pasión
los vínculos humanos. Se cita unida al dinero, como algo que uno debe venerar si quiere vivir
entre los hombres, y de lo que uno sólo quiere deshacerse cuando está resuelto a vivir en sí
mismo y para lo mejor de sí mismo. A los burgueses, como se diría hoy, a los filisteos, como
decía el romántico, puede aplicárseles la consigna: «Songez au solide!» Pero la ironía
supone casi siempre convertir una insuficiencia en una superioridad, y todo el librito, que no
es otra cosa que una descripción, profundamente vivida, de las cuitas de un marginado, de
un excluido, demuestra que el joven Chamisso supo valorar dolorosamente el valor de una
sombra saludable.
¡Y al fin y al cabo se le concedió! En el bonito poema en que el amigo Hitzig comunica a
Fouqué, el tercero del grupo, el compromiso matrimonial de Chamisso, se expone que
Schlemihl ya no echa de menos su sombra, que la posee por partida triple: en primer lugar, la
sombra del águila prusiana que extiende sobre él sus alas protectoras; en segundo lugar, la
sombra de los árboles del jardín botánico, al frente del cual se halla como un acaudalado
príncipe de las flores; y finalmente la tercera, la más hermosa, la que le prometió no
apartarse nunca de su lado, «Antoine... deja que te lo diga siempre». Y el propió Chamisso
envió a Fouqué estos versos, con un retrato de su novia:
Den Schlemihl genannt sie hatten,
Reich in seiner Schatten Zier,
Gonnetjetzt von seinem Schatten
Strafend einen Schatten dir. *
* _
Habían nombrado a Schlemihl,
rico en el adorno de su sombra,
ahora de su sombra te concede
a ti una sombra por castigo.
Es la vieja y bella historia. Werther se suicidó, pero Goethe siguió viviendo. Schlemihl vaga
sin sombra, como un naturalista «que sólo vive para sí mismo», grotesco y orgulloso,
recorriendo con sus botas montes y valles, en tanto que Chamisso se apresura a
desprenderse de aquel problemático estado de crisálida, se convierte en sedentario, padre
de familia, académico, y es admirado como maestro.
Sólo a los eternos bohemios les parece aburrida esta vida. Uno sucumbe manteniendo su
propia peculiaridad interesante o se hace un maestro...
Pero Peter Schlemihl cuenta entre las más encantadoras obras de juventud de la literatura
alemana.
ThomS MANN
más mínimo movimiento se le volvería a perder... sobre todo si estaba tan poco apegado a la
sombra que tenía desde que nació, como se desprende de su relato. El que no tenga sombra
que no ande al Sol; eso es lo más razonable y lo más seguro.



